lunes, 12 de mayo de 2014

Una mañana en la plaza

Una pareja baila en solitario. Nadie los acompaña en su danza, pero ellos continúan. Por su atuendo yo diría que son turistas, pero no lejanos. Saben bailar como solo baila esa generación nuestra que ya queda atrás. A unos metros la banda municipal, a la sombra de un escenario, entona diversas canciones populares. Decenas de personas los observan, alguna pareja más se arranca cuando suenan Los Nardos. Detrás, aparece un payaso. Nadie se asusta, es una despedida de soltero. Seis amigos rodean al futuro esposo y bailan también al son de la orquesta. La gente cercana sonríe. Se respira vida esta mañana en la plaza. Más allá, unos tacones y el brillo del raso aventuran que hay boda en el ayuntamiento. Así es, al poco aparece un coche antiguo y desciende la novia, que refleja en su blanco toda la luz de una mañana de primavera llena de anhelos por vivir. Los invitados se entremezclan con voluntarios de Cruz Roja que celebran el Día de la Banderita. 

Más allá, la feria del libro. Gente que compra libros, que los toca, que pregunta, que sabe. Aparece al fondo un grupo de turistas, americanos, creo, observan con deleite la escena, las múltiples escenas que aparecen ante ellos. No hacen ni caso a las piedras ni a las explicaciones de la guía, solo miran con asombro la vida que se abre paso, que permanece en este lugar desde hace siglos, los de hoy como fueron los de antes, todos los mismos, no hay diferencia. Y al otro lado de la plaza, a alguien se le llenan los ojos de lágrimas al pensar en todo esto. Hay momentos perfectos en su humana imperfección.


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